20
jul
11

De Las Crónicas Heladas: Libro XXI La historia de Akoum Nubia Nach (extracto)

Del Nacimiento de Vula “La hija del Lobo”

El crepúsculo hacía presa lentamente de un cielo ya oscurecido hace eones por los fárragos demonios a los que ofrezco mis sacrificios luna tras luna. Estas oscuras horas de quietud las aprovechaba para sentarme ante el crepitante hogar y sumergirme en un viejo grimorio de antiguas leyes arcanas el cual había adquirido hace pocos meses en una ruinosa tienda de magia en Sombia.

La noche se hizo densa sin ni siquiera percatarme de la tranquila carrera de las agujas en el reloj. Los silenciosos momentos que anteceden a la media noche fueron interrumpidos por el retumbar de un impacto seco sobre las maderas de mi puerta. Instantes después, una voz agónica parecía resquebrajarse transportada por del viento lacerante. Miré entre los espacios que dejaba la nieve apelmazada en el cristal de la ventana de mi biblioteca, desde el piso suprior observé a un guerrero exhausto que sujetaba a una mujer agonizante. Baje las escaleras de piedra mientras escuchaba temblar la puerta al sufrir los aporreos del soldado.

Los goznes hicieron crujir el hielo entre sus ensamblajes al deslizar la madera sobre el cuarteado piso. El guerrero se desplomó inconciente sobre suelo como si de un menhir sin apoyo se tratase, el brazo que sostenía a la mujer por los hombros la arrastró con el moribundo en un duro golpe, aunque no podría acertar si ella estaba desmayada antes de que alcanzaran mi solitaria cabaña en Kilaria.

Volteé el robusto cuerpo del heraldo para observar su armadura. El emblema de la maza y el dragón púrpura sobre su corazón le delataban como un alto cargo en el Templo de Varta y como un noble en la cohorte del difunto Rey Wrestal Novrak. Al otro lado, observé de soslayo, unos tímidos movimientos de la mano de la mujer que se acompañaban débil y penosamente de un lastimero quejido. La ayude a pasar al interior, donde el confort del  fuego de la cocina la haría sentirse mejor sobre un butacón. Se dejo caer, desmayada por el agotamiento, al tiempo que acariciaba su vientre abultado por un embarazo que gestaba sus últimos días para un inminente nacimiento. Luego arrastré al hombre hasta un sofá frente a la marmita hirviente.

Durante toda la noche curé las heridas más visibles que el frío clima había originado en sus moribundos cuerpos. Bajo la coraza mugrienta, el hombre mostraba grandes hematomas y profundas incisiones ennegrecidas causadas por las cuchillas de los guerreros de Nergaroth. Con éstas me vi obligado a emplear algunos hechizos de curación que permanecían olvidados en el trastero de mi memoria. Al amanecer los transporté a unas habitaciones para retirarme a descansar a la mía propia.

La mujer despertó primero tras varios días y noches entregados al sopor. Exánime pero agradecida me clavaba sus profundos ojos verdes que me seguían silenciosamente curiosos por toda la habitación. Arreglé su cama y cambié algunos vendajes sucios, luego le ofrecí un cuenco de sopa caliente.

–                    Posee usted un gran corazón… puedo verlo – Fueron sus únicas palabras antes de volver a caer en la cama dormida durante algunas horas más. Por primera vez en los días que estuve dedicado a sus cuidados, me paré a observar su rostro cruzado de heridas detenidamente. Aquellas mutilaciones provocadas por el largo caminar bajo el frío a lo largo de semanas, escondían una belleza fuerte y altiva que me traía recuerdos a través de mi memoria, los cuales no lograba ubicar.

Las muecas de sufrimiento precedieron a un desagradable despertar para la mujer que ardía en contracciones previas al parto. Mis escasos conocimientos de curación bastaron para traer a un mundo desolado por el caos y el hielo a una pequeña que lloró con fuerza al salir del vientre de su madre. Durante un momento, la mujer agarró mi túnica y sobraron las palabras para comprender su deseo de abrazarla antes de morir; la deposité en sus brazos y ella la recibió entre lágrimas y estertores de muerte. Algunas palabras escaparon de su boca entrecortadas por sus últimas bocanadas de aire: “Vula Novrak, La hija del Lobo, heredera del Trono de Invierno”. No dio mas aliento a su pequeña, la cual quedó llorando entre sus inertes brazos.

By Kürten Jameson

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15
jul
11

De las Crónicas Heladas: Libro XVIII, Las Nieves Negras (extracto)

…Nergaroth sobrevolaba el cielo eternamente nublado de Sladaria a lomos de su dragón negro, vieja sierpe que respondía al nombre de Morión. Mientras sobrevolaba la helada construcción de guerra aislada en la hiemal meseta de Kilaria, a lo lejos, veía este jefe guerrero asomar los Picos Desolados cuya inhóspita figura, recortada en el horizonte nocturno, se asemejaba a los colmillos de una gran bestia.

Nergaroth, estiraba su esquelético brazo para mostrar entre sus pérfidas garras, enmascarada por la ponzoña de eones, como se suspendía en el aire, prendida únicamente por las puntas castañas de sus cabellos, la cabeza sangrante y los ojos vueltos, del rey Wrestal al tiempo que un grito, tan hiriente y punzante como para estrangular la voz de los murciélagos, trepaba por la garganta del futuro vencedor y se deslizaba chirriante por entre sus colmillos hacia el exterior con todo su ennegrecido y exaltado odio.

Morión, henchido de triunfo, escupía su venenoso fuego negro sobre las torres de la fortaleza. Abrasados, los arqueros caían como luciérnagas en la noche sobre una masa glutinosa de vísceras humeantes y acero. Los que aun respiraban clamaban el final de la lid, de la larga y brutal guerra en la que la Casa Novrak, y todo el Este, perdía su último y más sólido bastión: El Trono de Invierno, cuyo hundimiento por la espiral de caos arrastraría consigo a todo el continente de Sladaria.

Mientras todo el exterior se salpicaba de la sangre de nobles guerreros, Eunstan, el Caudillo Clérigo y hermano del Rey Wrestal, se afanaba por sacar de la fortaleza a Arinia, la esposa embarazada del monarca. Recorrieron los dormitorios reales por los pasadizos viejos, donde el hielo se apilaba por el paso de los siglos. El Clérigo los deshacía a golpes de hechizos de fuego que los consumían hasta casi la extenuación. Fuera, al tiempo que Morión tomaba tierra en el helado patio de armas y Nergaroth voceaba vigoroso la toma de la última plaza de la Guerra del Este, el viento bramó en la gélida llanura como si pretendiese aplacar la exaltación de los gritos de júbilo de los vencedores que silenciaban los alaridos de los moribundos, cuyos cuerpos ya comenzaban a ser pasto de las bestias. Eunstan y Arinia corrieron al Sur…

By KJ y arreglos de Danaé Zoelmih

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14
jul
11

Los Delirios de La Bruja

 En el oscuro bosque de Zénivar, entre sus oscuros y majestuosos olmos que mezclaban entre susurros sus profundas palabras con el pesado pulular del viento había una siniestra casa de piedra negra traída de las entrañas del Akoum, risco que ocupaba la posición de núcleo del mal entre la maldad que emanaba el viejo Zénivar. La casa negra se alzaba en medio de un burbujeante barrizal granate del que sin exactitud temporal podía escucharse un agudo graznido que helaba de terror en todo el bosque, desde lejos se podía ver, al tiempo que caminabas sobre aquel barro gelatinoso, la sombra en las ventanas de la bruja que se movía en su cubil portando un candil; su cráneo, como un canto de río, se estiraba grotescamente para mal formar una nudosa nariz de largos agujeros bordeados de una mucosidad verde que chorreaba como las babas de un viejo caracol, la punta de este apéndice casi llegaba a tocar su, también, puntiaguda barbilla que le daba aquel aspecto siónico, de su redonda calva brotaban unos escasos pelos enredador, grasientos y lisos de los que algunos mechones arrastraban por el suelo pesadamente. Sus ojos negros completamente como dos pedazos de moriones , transmitián el saber de civilizaciones que habíamos olvidado hace eones, su boca comenzaban por unos finos labios morados en el que el inferior estaba pisado por un colmillo en el lado izquierdo y en el opuesto sus labios se unían sus labios como si fuese una ponzoñosa cicatriz. Se cubría con un traje largo negro con algunos lazos desarmados y rajados de tonos azules.

Fue un uno de noviembre cuando la pequeña Mila, que vivía en la cercana aldea de Filza, se introdujo en el oscuro bosque de Zénivar persiguiendo a su pequeño cachorro, Sen, que se escapó de su casa; el sol comenzaba a ocultarse cuando el catastrófico hecho tuvo acontecimiento, Mila penetró en la densa foresta a merced de la infantil ignorancia de no saber la maldad que vivía en el corazón del bosque. Mila se hundió en la negrura gritando el nombre de su cachorro, “¡Sen, sen!, ¿Dónde estás Sen?”, después de un rato de gritar sin éxito a su dulce mascota, la niña se percató de lo que tenia a su alrededor: una espesa niebla que se difuminaba entre los troncos de olmo que exponían siniestras muecas de desesperación a los ojos atónitos de la niña, la cual notó un peso en el pecho producido por los mismos nervios que no le dejaban respirar correctamente dándole el agobio del ahorcado cuyo cuello adivina el peso de su culo . Volvió su vista atrás y lo único que pudo ver es niebla y un muro de árboles que ocultaban el camino de vuelta, de manera, que bañada en sudor frío dio unos pasos adelante, cuando en medio del sepulcral silencio un espeluznante y profundo aullido se expandió en la creciente noche quebrando el alma de Mila. Su cuerpo calló hecho una bola al suelo, mirando con un ojo, temerosa de encontrar una bestia dispuesta a descuartizarla, pero su agradable sorpresa fue encontrar la opaca oscuridad del bosque.

El serpenteante camino fangoso le guió entre las horripilantes rostros de madera que se agolpaban a los lados del sinuoso camino. Pasos, aleteos, gruñidos de diferentes tonalidades y potencia sonora, cosas reptando y dos mil “lovecratianos” sonidos emergían en la oscuridad y eran transportados por el mal oliente y majestuoso viento que no paraba de ulular en la espesa oscuridad que parecía comerse la alegría de la niña. Cuanto mas adentro se hallaba el viento se tornaba mas parecido a un alarido desesperado en la noche. La conversación de las ramas en los árboles rumoreando secretos en lenguas extrañas distrajeron la atención de Mila por unos momentos, lo justo y necesario para toparse con una figura negra; sus ojos miraron arriba, pero aun mas arriba de donde miró dos ojos amarillos se clavaban en la cara blanca cubierta de bucles negros de la niña, aunque solo se podía observar dos puntos amarillos, estos estaban furiosos, y un chillido rajado, estridente y totalmente atonal pronunció la extraña frase: “Akoum nubia nach”, asi varias veces y un trueno poderoso recorrió el bosque a la vez que un rallo anunciaba una pesada lluvia que en muy poco tiempo puso chorreando el precioso vestido blanco de la pequeña. La figura se inclinó sobre una rodilla, poniendo los dos penetrantes ojos amarillos a la altura de los ojos azules de Mila, y señaló en una dirección por el cruce que se habría al tiempo que alzaba su… huesuda mano, coronada por uñas afiladas y amarillentas. La pequeña tomo la dirección que le dio el extraño espectro, el cual se disolvió en la lluvia con un ruido de huesos quebrados. Cuando la cría dio la curva que le hubieron indicado, a sus ojos se levantó la casa negra, su estómago dio un vuelco por el sobresalto de la imagen de la tenebrosa morada entre la lluvia rodeada de una roja ciénaga burbujeante entre la lluvia, se adentró con cuidado, pensando que dentro pudieran ayudarle hasta que llegase la luz del sol, si es que llega algún día a un sitio de locura como este. Una vez sobre la ciénaga, cuando la vuelta atrás sería mas complicada que la huida hacia delante, dos manos atraparon sus pequeños tobillos, fuertes y fríos la usaron para que un hombre de aspecto horrible, con media cara colgando de su mandibula izquierda, a su vez que este pedazo deforme de ensangrentada carne sostenía el ojo por el nervio óptico moviéndose de tal forma que parecía funcionar perfectamente aun cuando colgaba hasta casi su hombre, el otro lado de la cara estaba cubierto de verrugas verdes, y un pelo sucio y grasiento paracía césped duro y feo sobre la azotea del cadáver viviente. El embarrado zombi recién levantado gruía cosas ilegibles delante de Mila, entonces se abrió la puerta de la casa y la voz de una persona mayor llamaba para protegerla del peligro: “Pequeña, ven aquí rápido, aprisa, pequeña”, la niña sin pensarlo dos veces, aterrorizada corrió entre las piernas del torpe cadáver mutilado, una vez en la puerta se giró y vio correr a la figura deforme torpemente tras ella y justo cuando parecía que le daría alcance, un tentáculo a la velocidad del rallo lo atrapó y lo metió de nuevo en la ciénaga, y un gran graznido retumbó en todo el bosque colándose entre las multitudinarias gruesas gotas de lluvia.

Una mano tiró de Mila hacia atrás, para meterla dentro de la casa. La bruja arrastraba los pies por el suelo y balbuceaba cosas ininteligibles, de repente sus ojos negros se posarón nerviosamente en la cara de la pequeña: “¿Cómo te llamas, criatura?” ya no sonaba a salvación aquella voz, si no a ansia y agonía… “Mila…”, dos lagrimas cayeron por su rostro. La bruja le tiró un plato de algo caliente, pastoso y verde oscuro al suelo, con una cuchara clavada que se mantenía recta, haciendo gala de lo espeso que estaba el guiso. “desagradecida, come, esta bueno, es sapo machacado con belladona”, aquello aterrorizó más los sentidos de la niñita, que se acurrucó entumecida por la humedad y el frío en una esquina. La bruja se metió en una habitación negra y salió al poco rato, portando un basto cuchillo de plata, escaso en adornos pero con una hoja más grande que un antebrazo fuerte. Se dirigió a la pequeña Mila, primero le pasó el cuchillo por el cuello sin hacer corte alguno, para luego hincarlo de una estocada en el pecho de la pequeña, la cual no llego a gritar, pero habrió la boca para hacer el intento y un chorro amplio de sangre brotó de su boca, lo cual le daba el aspecto de una fuente siniestra. Los ojos de Mila se cerraron, perdiendo toda constancia de lo que ocurría a su alrededor, escuchando la histerica risotada de la vieja y deforme bruja.

Lo que ocurrió horas después, antes de la media noche, es aun mas extraño, pues el cuerpo de Mila empezó a volver a sentir, pero no de la misma forma, sus manos seguían frías, y no lograba calentarlas, sus ojos podían ver, pero no como antes, ahora la oscuridad era como plena luz del dia, y sus oídos mucho mas receptivos; un estridente dolor atravesó el cuerpo de Mila ante los ojos inexpresivos de la bruja, la que se retiró para que la niña pudiese observarse en el espejo, Mila miró el espejo y lo único que podía ver es la pared donde ella apoyaba su espalda, no lo entendía, miró a la bruja implorante de preguntas y esta susurró en su oreja conteniendo una risilla diabólica pero divertida: “estas muerta en vida”.

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09
sep
10

El Viaje de Nicolas

 

Nicolas nació un día trece del mes trece,

no contento con esto, vio la luz a las trece horas.

Bajo estos condicionantes dickenianos,

cualquier cosa que intentaba, tocaba o miraba,

se torcía, se rompía, se destruía, podría o moría…

De esta manera Nicolas creció sólo,

ya que intentó hacer amigos,

pero como no era bueno en nada,

los otros niños, denotando la crueldad innata humana,

lo dejaban de lado, se reían de él… o simplemente

lo apartaban como un bicho raro por su extrema torpeza.

Nicolas creció un poco más,

como nunca hubo tenido amigos,

tampoco había aprendido a relacionarse,

pero las imperiosas necesidades hormonales

de la salvaje adolescencia

ordenaban a sus ojos mirar a las chicas,

pero, como podéis imaginar,

ninguna quiso acercarse a Nicolas.

Su madre le instaba:

“Nicolas, debes salir a la calle”

Pero éste pasaba tardes y noches

aporreando una vieja guitarra que encontró en el desván.

Este viejo trozo de madera

no le reprochaba no tocarlo con gracia,

no le decía: “esto esta mal”.

Cuando no sonaban melancólicas melodías,

era por que estaba obcecado en viejos libros

o recitando antiguos poemas de tristes versos

frente al espejo del mismo desván

en el cual encontró su guitarra y sus libros….

Nicolas, no sabía si esto se le daba bien o mal,

pero al menos nadie le reprochaba sus actos.

Una tarde decidió salir a tomar el aire,

se fue al parque, cómo no, con su guitarra

y un ancestral compendio de Lord Byron.

Se sentó bajo un triste sauce

que, bajo sus hojas, parecidas a lagrimas,

le ofrecía la soledad necesaria

para llevar a cabo sus actividades.

Tocaba los acordes de una conocida canción,

mientras, muy bajito, cantaba la letra;

cuando levantó la cabeza un instante

y observó que una chica le observaba atentamente.

No sabía que decir, se quedó congelado mirándola.

Esperaba escuchar las mismas burlas de siempre,

pero por respuesta a su triste mirada,

obtuvo una sonrisa dulce

sin un ápice de maldad, burla o mofa,

“Continua por favor”

Inseguro y temeroso,

prosiguió donde lo dejó.

Pero su sorpresa fue aun mayúscula

cuando la chica no se reía de él,

si no que canturreaba la canción.

Pasaron la tarde tocando viejos temas,

hasta que una gruesa voz voceó en la distancia:

“Sofía”, una vez mas: “Sofía”,

“He de irme”, agitó su melena

y estampó un beso en la mejilla de Nicolas.

Desde entonces Nicolas

fue todas las tardes bajo el sauce,

pero para su decepción,

nunca mas volvió a verla,

incluso pensó que quizá aquello había sido un sueño…

Unos meses mas tarde, una otoñal tarde,

Nicolas fue, como siempre, al árbol;

encontró una nota clavada al tronco:

“He partido muy lejos,

a un sitio donde nadie observa a nadie con desdén,

donde la brisa no arrastra carcajadas burlonas contra nadie,

un terrible mal me asediaba por dentro

y me ha llevado hasta ese maravilloso sitio, oscuro y frío… firmado: Sofía”

Nicolas lloró durante horas…

días, semanas… meses…

hasta que supo que él tenía que ir a buscar a su ángel.

Tomada esta decisión,

sólo necesitaba el medio de transporte para llegar allí…

Como todo lo que rodeaba a Nicolas,

encontró su ticket en el desván,

una vieja cuerda de esparto,

y el vehículo, una pila de libros que hubo estado leyendo…

Dicen que el cuerpo lacio fue encontrado por su madre,

con una sonrisa dibujada en sus labios,

de su madre se supo que esa fue la única vez que vio sonreír a su hijo.

By Kürten Jameson

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